domingo, 15 de febrero de 2015

En tiempos de chaya, los jóvenes y el puro presente



¿SOLO SOMOS ESPECTADORES DE LA MUERTE DE NUESTROS JOVENES?


Vivimos un tiempo de incertidumbre. Borges decía en el Fragmento 41 de un Evangelio Apócrifo que “Nada se edifica sobre la piedra, todo sobre la arena, pero nuestro deber es edificar como si fuera piedra la arena...”. Dicho en criollo básico: tratemos de maniobrar en la incertidumbre y la complejidad como si aún existiera alguna certeza y lo simple fuera posible.
Difícil, sí, pero imprescindible.
Y hay que ver qué certeza. Porque si la certeza es una sobredosis de pragmatismo, seguiremos perdidos.
Es como si piedra y arena se nos estuvieran confundiendo y ya no está para nada claro dónde estamos parados. Y en este caso hablo de los adultos. Los adultos vistos como tales en cualquiera de los roles que nos toca asumir: padres, amigos, compañeros de trabajo, jefes, subalternos y dirigentes. Sobre todo dirigentes. Personas adultas. Personas capaces de discernir cuestiones básicas de la vida.
Hace 15 años, haciendo una investigación cualitativa sobre la construcción de identidad de los jóvenes, me tocó entrevistar a varios de 12 a 18 años de La Rioja.  La imagen que tenían por entonces de nosotros, pensando en sus padres, docentes, clase dirigente en general, era que no sabíamos qué hacer con nuestras propias vidas. Menos respecto de ellos. Pero cuando les preguntaba cómo imaginaban sus propios futuros como adultos, las únicas salidas que podían mencionar eran, obviamente, esas insatisfactorias conocidas a través nuestro. Los adultos no éramos referentes de esos jóvenes. En general, los jóvenes no encontraban referentes. Pero a la vez, somos el mundo conocido.
Uno podría mirar esto en términos de la ‘culpa’, tan religiosa como funcional. Y cargar las tintas sobre nosotros mismos, abriéndonos las venas a través de un artículo como este para luego dejar que se cierren y seguir como si tal cosa, post sincericidio. O también podría mirarlo desde la más pagana responsabilidad, haciendo un mínimo esfuerzo de autocrítica. Porque también nosotros estamos intentando construir sobre la piedra. Y no nos sale bien siempre y vamos haciendo como podemos.
Si no hay mapas, no hay mapas para nadie, no importa en qué franja etárea nos ubiquemos, cosa muy arbitraria, por otra parte.
El punto es que aún sin mapas, como decía Jesús Martín Barbero en La Plata en el año 98, omitimos ver que hace falta construirlos ‘con’ los otros, con los jóvenes incluso, una vez que aceptemos que no los tenemos. Ese primer paso de autoreconocimiento es el necesario, aunque no el suficiente.
Somos los primeros en quejarnos por esta incertidumbre que también se vive en el campo de los valores. Pagué costos altos por decir en las aulas de la Facultad durante la última dictadura que no había valores absolutos, más allá de su mera formulación. Que si bien en la escala de todos los valores posibles la vida podría ser el  principal, pues sin ella no hay nada,  la vida no vale lo mismo en la paz que en la guerra; en un contexto de inseguridad o sin él; con o sin calidad de vida.  Hay demasiados peros, demasiados ‘atenuantes’ cuando se analiza caso por caso. Pero nadie puede negar que el valor de la vida es jerárquicamente la base sobre la cual discutimos el resto.
Y, sin embargo, hace rato que el discurso sobre la vida se ha distanciado de la vida misma. Hoy mismo, domingo 15 de febrero de 2015, nos impacta la muerte de una joven de 18 años que vino a La Rioja desde Patquía para inscribirse en un profesorado. Tres días después de su desaparición, su cuerpo fue encontrado quemado cerca del Golf Club. ¿Cuánto valía la vida de Romina Ríos, una chica que seguramente, al haber proyectado estudios superiores, debió haber pensado que tenía derecho a un futuro?  Romina Ríos nos saca por un rato del limbo de la chaya y del regreso al cotidiano, un poco gris, de la mayoría de nuestros días.


 ¿Cuánto valía la vida de aquel joven de 18 años de Chepes, cuyo cuerpo fue encontrado enterrado bajo cemento en el patio de la casa de un policía, él mismo de 30 años, con cuya mujer, de 25 años, aparentemente el primero sostenía una relación amorosa? Tres jóvenes de 18 a 30 años vieron tronchadas sus vidas, de diferente manera, por una relación sexual. ¿Cuánto valían y cuánto valen ahora? 
Las estadísticas en nuestro país, en la provincia de La Rioja, son poco confiables. Es cierto que los números, que para muchos son materia inopinable, son claramente manipulables. Pero cada tanto nos enteramos de estas ‘bajas’ singulares. No porque la gente grande se muera por enfermedad o  pura vejez, que es normal. Como también decía Borges “morir es una costumbre que sabe tener la gente”. No, no. Hablamos de muertes de quienes recién están empezando sus vidas. Que mueren porque se suicidan, directa o indirectamente, porque se cuelgan, se envenenan, toman hasta quedar atontados, mezclan cualquier tipo de sustancia (incluso aquellas que nos ‘sacan’ a los adultos, en sus propias casas) o se lanzan sin casco ni ninguna medida de protección a la calle como si corrieran el Dakar en sus motos o sus autos y la velocidad fuera aquella que uno necesita en casos de emergencia. Resulta que los conductores “pierden el control” de lo que manejan “por razones que se investigan”.  El diario El Independiente publicó en 2010 un informe con el siguiente copete:  “En lo que va del 2010, La Rioja encabeza la tasa de accidentes viales con el 66 por ciento, según estadísticas del Ministerio de Salud de la Nación. En nueve meses hubo 48 víctimas fatales, casi el 70 por ciento tenían menos de 35 años y en su mayoría fueron protagonizados por motociclistas”.   (http://www.elindependiente.com.ar/papel/hoy/archivo/noticias_v.asp?209412)
Sólo basta con googlear algo así como ‘suicidios la rioja jóvenes’ y, si quieren, incluir los años de referencia. Por caso, un sitio digital de Chepes, preocupado por lo que pasa en esa comunidad, reseña un trabajo de 2003 y dice que Hector Basile, en “El suicidio de los adolescentes en Argentina” publicado por la Revista Argentina de Clínica Neuropsiquiátrica, muestra que según los índices estadísticos recogidos por el psicólogo durante el 2003 La Rioja se ubica como la segunda provincia con mayor tasa de suicidios del país. (http://julio-chepeslarioja.blogspot.com.ar/2010/06/la-rioja-segunda-en-el-mapa-del.html).  La cuestión no parece haber mejorado desde entonces, a juzgar por la cantidad de publicaciones que hablan de la ‘preocupación’ por este ‘flagelo’.  Por ejemplo, en http://riojapolitica.com/2012/11/19/por-que-los-adolescentes-ocupan-un-lugar-tan-preponderante-en-las-estadisticas-sobre-suicidio/ se dice que este nuevo “estudio científico -uno de los pocos disponibles en Argentina- indica, estimativamente, que el 25 % de los suicidios ocurre entre los 15 y los 25 años, y que se trata de un problema de varias regiones del país. De acuerdo a un informe elaborado en junio de 2010 por la Asociación para Políticas Públicas, titulado ‘El Problema del suicidio adolescente en Argentina 1997-2008. Casos de niños y adolescentes’, las cifras son por demás alarmantes: entre 1997 y 2008 en el país hubo 650 pérdidas de chicos entre 10 y 14 años, por sus propias manos. El incremento fue de 30 a 60 casos anuales”. Fue publicado en La Rioja en 2012.
A manera de síntesis, se puede leer el artículo publicado en 2013 por el diario La Prensa: (http://www.laprensa.com.ar/417438-Mas-del-66-de-los-jovenes-muere-por-causas-evitables.note.aspx) “Según el Boletín ‘Salud materno-infanto-juvenil en cifras 2013’, que publicó recientemente la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP) con el apoyo del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), más del 66% de las muertes que se producen entre los jóvenes de 15 a 24 años se puede evitar”, como los accidentes de tránsito y los suicidios.
Por supuesto, también se puede buscar en internet la gran cantidad de manifestaciones sobre la “preocupación” de nuestras dirigencias acerca de este problema, siempre como algo que les pasa a los otros, no a nosotros. Sobre todo durante las campañas políticas.
Más allá y más acá de los datos, lo que debería importar es que la vida no parece valer nada para muchos de nuestros jóvenes.
A menos que la familia constituya una red primaria de contención superlativa, que sus amigos y conocidos, alguna que otra figura providencial se les cruce en el camino; que los propios chicos encuentren en el arte, la ciencia, incluso la avidez por el dinero algún norte interesante, los jóvenes se pierden en un presente puro y duro. Pese a los discursos, ya no son el futuro. Son parte de un presente que los excluye y que no les promete nada. Carecen de un horizonte que, aún construido de trabajo y luchas, valga la pena. Y los demás miramos lo anecdótico, porque no estamos pudiendo ver la magnitud del daño que estamos haciendo aún sin querer en la mayoría de los casos, pero respecto del cual no nos podemos hacer los distraídos. No debemos. No deberíamos. Aunque fuera por un instinto básico de supervivencia como sociedad, como familia.
De arriba hacia abajo; un poco más o un poco menos. Salvo excepciones honrosas, actuamos como si hubiéramos perdido instintos básicos de preservación, aunque para lograrlo haya que hacer cosas odiosas en el momento, como poner límites. Los adultos no ponemos ni nos ponemos límites,  nos resulta complicado contraer compromisos en el tiempo y no sostenemos aquellos que sí hemos contraído alguna vez.
A veces, sobre todo en las redes conversacionales virtuales o presenciales, pienso que tal vez lo que se han corrido demasiado sean los límites. Los límites del decoro, por ejemplo, que no tienen nada que ver con una falsa moralina. Como si todo pudiera mostrarse en su crudeza, en su obscenidad y hasta la supuesta preocupación por algo con apariencia de valor fuera una desfachatez. ¿Cómo si no procesar dichos como éste?:  “Me fui, porque una cosa es que falles en un sentido u otro porque te lo piden, pero ya que cobres por eso…” (ex juez). ¿Perdón? ¿De qué hablamos? ¿De cobrar directamente una determinada suma de dinero o de estar permanentemente pagando por el ‘privilegio’ de estar en un cargo que supuestamente se ganó por propio mérito y esfuerzo? ¿Qué es más corrupto? Y hablamos de un juez, del garante último de nuestros derechos…
Pero no hace falta tomar tanta ‘altura’. Un sobrevuelo rasante por la realidad nos permite, a diario, escuchar palabras como éstas: “¿qué, vos querés que yo sea el único pelotudo/a que se opone? ¡Mirá cómo les va a los pelotudos/pelotudas que se hacen los quijotes!”. Y miro. Y a muchos les va mal.  Les va mal en un contexto en el que se privilegian los resultados por sobre los procesos y en que esos resultados son visibles, contantes y sonantes. Y sí. Resulta que estos ‘pelotudos/as’ no tienen trabajo o son castigados de diferente manera, cada tanto reciben algunos palos, normalmente comentarios críticos sotto voce. O, en otros casos hasta por ahí terminan muertos, en circunstancias dudosas. Sí, visto así más vale ser un mediocre, uno del montón, y seguir la corriente.
Nuestra provincia, nuestro país, no está dando respuestas. Pero todos somos La Rioja y todos somos Argentina, aunque cuanto más arriba nos posicionemos, más responsabilidad tengamos que asumir.
Tal vez lo que nos pasa es que no sólo ignoramos cómo maniobrar en la incertidumbre, sino que la corrupción nos está carcomiendo hasta los huesos. Dicen que la corrupción mata. Y sí, pero no sólo la corrupción económica. Mata la falta de apego a las leyes, la omisión de justicia, el todo vale, la pobreza estructural, la impunidad, la mentira. Eso nos mata. Nos mata como sociedad, porque si sólo somos espectadores de la muerte de nuestros jóvenes, nos estamos volviendo una sociedad impotente, indiferente, vacía, en la que todos sabemos que todos sabemos. Una sociedad hipócrita en la que los poderosos hacen lo que quieren, dicen lo que les parece, se “andan comiendo el maizal y todavía andan gritando”, como canta Ramón Navarro en la Chaya del Corcelito, y los débiles se convierten en cómplices y bajan la cabeza para que les tiren harina.

La Rioja, 15/02/2015

María Rosa Di Santo


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