miércoles, 27 de febrero de 2019

FORMACION DE COROS ÁULICOS Y ESCOLARES: Un trabajo excepcional para los docentes de música de escuelas primarias porque "TODOS PUEDEN CANTAR"



Formación de coros en las escuelas de nivel primario: ¡TODOS PUEDEN CANTAR!


Por María Rosa Di Santo


Entre 2017 y 2018 integré el equipo de trabajo conformado por la Prof. Andrea Aventuroso, de la provincia de La Rioja, orientando una investigación que pretendió trazar el cuadro de situación para aplicar una política educativa, diseñada a tal efecto, tendiente a promover la formación de coros áulicos y escolares en las escuelas primarias de la jurisdicción.

Todo el proceso de indagación y producción fue una experiencia excelente de aprendizaje y trabajo, y sus resultados son, a mi criterio, de alto valor para la música, el canto coral y el sistema educativo riojano, más allá de que se logre continuidad en su aplicación.

Los textos producidos han sido publicados por el Consejo Federal de Inversiones y están disponibles libre y gratuitamente en su biblioteca virtual (ver enlace).

En particular me detengo a destacar la calidad de sus Anexos, porque tienen la sustancia de producciones que, en cada caso, implican aportes significativos a la educación primaria en general y musical en particular, dada por la rigurosidad de las metodologías aplicadas: entrevistas a maestros y expertos locales y de otras provincias; análisis bibliográfico y documental; experimentación y elaboración de un libro destinado a los docentes de música cuyos contenidos curriculares se adecuan a la currícula vigente y fueron evaluados por expertos; pero también por la claridad y pertinencia de sus textos y la información que brindan.

Así, el Anexo I es de mucha utilidad a nivel jurisdiccional porque traza el Diagnóstico socio-institucional de las escuelas primarias de la provincia, ámbito donde se pretende trabajar. Hay en él un recorrido histórico que relata el proceso por el cual un determinado enfoque de derecho universal relativo al acceso al canto coral se desarrolló en La Rioja de la mano de la llegada de la Maestra Olga de Cara de Brizuela y Doria desde Mendoza, hace ya medio siglo, y el trabajo de sus discípulos.

A continuación el Anexo II ofrece un análisis comparativo de La Rioja con los escenarios 'exitosos' en materia de canto coral infantil del país, corporizados por la ciudad de Mendoza y el Instituto Domingo Zípoli de Córdoba. Este informe describe las condiciones de posibilidad que explican cómo y por qué se desarrolló el canto coral infantil en las tres zonas.

El Anexo III compara la formación superior vigente en dirección y canto coral en Córdoba, Mendoza y La Rioja y es una información de gran valor para quienes desean seguir este camino en el ámbito de la música y la enseñanza de la música.

El Anexo IV reproduce la versión preliminar del Manual Guía 'Todos podemos cantar' que sale a la luz como un texto independiente este mes de abril bajo el título '¡Todos pueden cantar!' y es en sí mismo un aporte muy valioso al tema y la actividad de parte de la Prof. Aventuroso y sus colaboradores en materia de contenidos, como el Maestro Jorge Salica y la Prof. Emilia Robles, entre otros y sin olvidar la voz de los expertos que la asistieron.

Finalmente, el Anexo V da cuenta de la etapa de experimentación llevada a cabo sobre una primera versión del Manual-Guía en el año 2018, con la colaboración de tres escuelas y tres docentes de música de la ciudad de La Rioja.

Como se puede leer en el resumen del informe general que publica el CFI, el objetivo general del trabajo fue indagar en cómo generar las condiciones de posibilidad para que los maestros de música en ejercicio puedan promover el canto coral infantil en las instituciones primarias donde trabajan y a tal efecto facilitarles la edición de un Manual-Guía que complemente, actualice y fortalezca la formación en canto coral, dirección coral, técnica y pedagogía vocal.

Los resultados son dos: el texto del Manual Guía en su última versión antes de la revisión completa que se imprimió bajo el nombre ¡Todos pueden cantar!; y la elaboración de un programa educativo destinado a utilizar ese texto en las prácticas de los docentes de música, en los espacios curriculares ya vigentes para música y sin que la tarea demande cambios presupuestarios o en las condiciones laborales de los maestros.
El programa educativo que se formuló a través del proyecto correspondiente tiene carácter universal; se propone de aplicación gradual y voluntaria a nivel de los docentes de música y las escuelas donde trabajan; y se estructura en torno a una propuesta de capacitación docente de un año de duración, durante el cual se ofrecería asistencia experta para familiarizarse con el Manual-Guía y experimentar la aplicación en sus prácticas en el aula.
El impacto previsto fue que en tres años el 90 por ciento de las escuelas primarias de la ciudad de La Rioja estén alcanzadas por la iniciativa. Su aplicación quedó pendiente en 2019 por falta de presupuesto.

El próximo 3 de mayo de 2019 a las 18, en la nueva edición de la Feria de la Música de La Rioja, será presentado ¡TODOS PUEDEN CANTAR!. Esperamos a todos los que se quieran llegar.



Textos completos publicados por el CFI


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martes, 12 de febrero de 2019

¿Escrache o linchamiento? ¿Esta es la única forma de justicia a la que podemos aspirar?




Por María Rosa Di Santo

El escrache, por definición, es una acción intimidatoria pública que en nuestro país comenzó a usarse frente a la inacción o demora del sistema judicial para juzgar primero a represores y luego a corruptos, a la manera de una catarsis colectiva. Sin embargo, en el último tiempo y de la mano del movimiento feminista que está reconsiderando las relaciones entre los sexos y las posiciones de las mujeres en la sociedad, se empezó a usar el escrache para denunciar a hombres que supuestamente han cometido delitos de género (“Cualquier acción o conducta, basada en su género, que cause muerte, daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico a la mujer, tanto en ámbito público como en el privado”. Convención de Belem do Pará vigente en Argentina desde 1996) en la actualidad o en el pasado. Esta acción suele presentar tres particularidades en las que me quiero detener: no necesariamente el escrache está acompañado por una denuncia judicial; no siempre las supuestas víctimas se identifican, alegando temor a diversidad de represalias, y en ocasiones el escrache se realiza usando la tradicional red discursiva informal del chisme, es decir se sostiene en el ámbito de lo ‘privado’ aunque de hecho por su magnitud termina convirtiéndose en ‘público’, con todo lo relativo que supone esta dicotomía hoy.

Obviamente estas particularidades tienden a ‘proteger’ a los denunciantes, en perjuicio de los denunciados. Esto no es grave cuando el denunciado es culpable pero los delitos cometidos se mantuvieron impunes por el silencio de las víctimas o porque el denunciado posee buenos mecanismos de defensa – como vinculaciones y dinero - para mitigar la denuncia. Por supuesto que el problema que se plantea en estos términos ubica a la justicia – y al poder político que la maneja – como corresponsables de lo que ocurre, pero fundamentalmente plantea, desde el punto de vista de la persona común,  una situación muy delicada: si dejamos de lado la justicia porque funciona mal y no garantiza el ejercicio de nuestros derechos  ¿quién dice entonces que el denunciado es culpable? ¿Y si fuera inocente? ¿Y si la condena social se basa en que es verosímil que sea culpable – por su cara, por su modo de relacionarse con la gente, por la familia o el sector social del que proviene, etc. – y ya no importa si es verdadero?

Cuando frente a las profundas falencias de la justicia no recurrimos a ella, la condena social vehiculiza y agota la denuncia. Y lo hace de una manera despiadada, cruel y muy efectiva, por cierto. Las redes sociales aportan lo suyo. Y cuando no bastan, se las complementa con un sistema de presiones cara a cara para que cada quien tome posición a riesgo de ser considerado cómplice. Por supuesto que los denunciados – suponiendo que sean inocentes – siempre tienen potencialmente la instancia judicial para plantear una acción civil  de daños y perjuicios a la imagen, el honor o su reputación mediante la publicación de calumnias o injurias, pero ¿qué pasa mientras tanto? El escrache puede terminar teniendo el mismo efecto de un “linchamiento”. La antropóloga Rita Segato decía en diciembre pasado, en el cuarto Encuentro Latinoamericano de Feminismos, que desde este movimiento “podría haber una instancia de juicio justo”, -en vez de las escraches como se los conoce ahora, -“como una asamblea, para que la situación no sea un linchamiento sin sumario. (…) Si defendemos el derecho al proceso de justicia, nuestro movimiento no puede proceder de esa forma que ha condenado” respecto del terrorismo de Estado (Agencia Paco Urondo), por ejemplo.

Como madre, tía, amiga de madres con hijos varones me resulta muy apropiado analizar lo que está pasando en clave de algunos filósofos que han dado vuelta como una media la realidad a través de sus reflexiones. Es un ejercicio intelectual que a mí me parece que hace falta porque, por ejemplo,  siempre preocupado por indagar acerca de “los efectos de poder y la producción de verdad”, Michel Foucault decía: “…sueño con el intelectual destructor de evidencias y universalismos, el que señala e indica en las inercias y las sujeciones del presente los puntos débiles, las aperturas, las líneas de fuerza, el que se desplaza incesantemente y no sabe a ciencia cierta dónde estará ni qué pensará mañana, pues tiene centrada toda su atención en el presente, el que contribuya allí por donde pasa a plantear la pregunta de si la revolución vale la pena (y qué revolución y qué esfuerzo es el que vale) teniendo en cuenta que a esa pregunta sólo podrán responder quienes acepten arriesgar su vida por hacerla” (‘No al sexo rey’, 1977).

Me pregunto cómo operan en esta realidad nuestra, casi 50 años después, los efectos de verdad de ciertos discursos que ponemos a circular con convencimiento y de manera colectiva, y no hablo aquí en la primera persona del plural porque es mayestático sino literalmente. Dice Foucault:  “Lo importante, creo, es que la verdad no está fuera del poder ni sin poder. (…) La verdad es de este mundo; se produce en él gracias a múltiples coacciones. Y detenta en él efectos regulados de poder. Cada sociedad tiene su régimen de verdad, su ‘política general’ de la verdad: es decir, los tipos de discurso que acoge y hace funcionar como verdaderos o falsos, el modo como se sancionan unos y otros; las técnicas y los procedimientos que están valorizados para la obtención de la verdad; el estatuto de quienes están a cargo de decir lo que funciona como verdadero” (‘Verdad y Poder’,1974).

Cuando el poder a nivel macrosocial se ejercía por delegación y la representación no se había deslegitimado como ahora, cuando el ciudadano común respetaba y temía el servicio de administración de justicia aunque lo supiera injusto, cuando el ‘saber’ era reconocido en términos de autoridad respecto del hombre de leyes, del académico, aun cuando erraran, por supuesto, a sabiendas o no, cuando no éramos conscientes de la existencia de una microfísica del poder que atraviesa nuestras vidas desde el ámbito privado de nuestras propias casas, la política general de la verdad fluía de arriba hacia abajo. Eso no era necesariamente bueno en sí mismo. Lo que nos importa es subrayar que ya no pasa. Pero lo que sí pasa, tanto en el antiguo régimen de verdad como en el actual, son los abusos. El punto es qué, cómo y quién dice qué es verdad en los discursos que se imponen como tales justamente por el poder que detentan, por la legitimidad de la lucha feminista, porque lo que durante siglos fue ‘impensable’ hoy es lo contrario y no hay estrategias y tácticas claras de defensa frente a ellos. El derecho como tal, la ley, parece insuficiente, moroso, caprichoso, oxidado en su extenso camino entre la letra sancionada y la aplicación en cada caso singular.

Foucault recomienda pensar “instrumentos y útiles” para no seguir generando nuevos “efectos de dominación” funcionales a los previos. La disidencia con un orden establecido requiere de un “instrumento ideológico: un instrumento de análisis, de percepción, de desciframiento. Una posibilidad de definir tácticas, etc. Esto es en efecto lo que hay que hacer” (‘Encierro, psiquiatría, prisión’, 1977). Destaca como necesario aprovechar la teoría para “edificar progresivamente un saber estratégico”, buscar el instrumento adecuado a partir del análisis de situaciones singulares porque todo proceso de lucha requiere de una “reforma estratégica”. A diferencia de lo que normalmente ha ocurrido, la lucha no debería quedarse únicamente en la denuncia de las contradicciones (‘Poderes y estrategias’, 1977).

En 1975 Gilles Deleuze dice de Foucault que lo que este último vino a decir es que “el poder no se posee, se ejerce. No es una propiedad, es una estrategia: algo que está en juego”; que el poder “es un efecto de conjunto”, no reside sólo en el Estado; y que el poder “produce lo real”, entre otras afirmaciones que contradicen los postulados tradicionales. En esta lucha de género que las mujeres hemos emprendido en esta última etapa histórica – puesto que sería injusto ignorar todos los antecedentes de las pioneras, las famosas y las anónimas, que lucharon por sus derechos – es bueno que la lucha tenga en claro que el poder se ejerce hasta en los más mínimos mecanismos y relaciones de la vida social; es bueno que se estructure en discursos alternativos que se hacen públicos para construir consensos desde la identificación y no desde el temor, porque así logran efecto de verdad y producen lo ‘real-otro’ a nivel simbólico,  pero es malo que no responda a estrategias que, básicamente, procuren no banalizar las propias banderas de lucha. Aun para luchar por lo justo hay que ser riguroso.

Y buscar alternativas que no reproduzcan los modelos conocidos. A la afirmación de un dirigente maoísta respecto de que en un primer estadio de revolución ideológica “estoy a favor de los ‘excesos’. Hay que doblar el bastón en el sentido contrario, no se puede cambiar el mundo sin romper unos huevos…”, Foucault responde “sobre todo, hay que romper el bastón…” (‘Sobre la justicia popular’, 1972). Ambos se referían a los tribunales populares en reemplazo de los burgueses, pero el filósofo francés advierte que lo nuevo no debería ser “el embrión” de otra forma de “opresión”.

Segado dice lo propio. Se plantea: “¿qué es lo contrario a la impunidad? ¿El punitivismo?”, para discurrir de la siguiente manera: “No quiero un feminismo del enemigo, porque la política del enemigo es lo que construye el fascismo. Para hacer política, tenemos que ser mayores que eso. (…) Antes de ser feminista soy pluralista, quiero un mundo sin hegemonía. Lo no negociable es el aborto y la lucha contra los monopolios que consideran que hay una única forma del bien, de la justicia, de la verdad: eso es mi antagonista”. Y lanzó esta advertencia, que comparto: “el feminismo punitivista puede hacer caer por tierra una gran cantidad de conquistas”, es “un mal sobre el que tenemos que reflexionar más”, y recordando la violencia que se vive en las prisiones, nos plantea: “¿Puede un estado con las cárceles que tiene hacer justicia? Esa no puede ser la justicia; ser justo con una mano y ser cruel con la otra”.

La antropóloga pide tener “cuidado con las formas que aprendimos de hacer justicia” desde lo punitivo, que están ligadas a la lógica patriarcal. El desarrollo del feminismo, recalca, no puede “pasar por la repetición de los modelos masculinos”. Frente a eso, sabe que la respuesta no es fácil: “No hay una solución simple, pero es necesario pensar más y estar en un proceso constante. Cuando el proceso se cierra, es decir, cuando la vida se cierra, se llega a lo inerte. La política en clave femenina es otra cosa, es movimiento”.

Habrá que seguir pensando, hacer consciente nuestro poder e ir descartando atajos, pues.


La Rioja, 12 de febrero de 2019

martes, 13 de noviembre de 2018

¿Qué hay, más allá de la catarsis?



Por María Rosa Di Santo

Nos quieren pobres, débiles. Nos quieren entregados, fatalistas, dóciles aceptando nuestro destino de no haber nacido en cuna de oro, agradeciendo con lágrimas en los ojos que nos dejen vislumbrar siquiera, a través de las ‘celebritys’ mediáticas, cómo se vive a lo grande y lo que nos estamos perdiendo, por pura mala suerte nomás.

Quieren eso. La pobreza es altamente funcional a los sistemas de dominación. Los pobres están para arrodillarse frente al amo, aceptar las injusticias como naturales, no contestar, comprender que rebelarse es subvertir las ‘mejores’ tradiciones y cometer el mayor pecado concebido por los poderosos: ‘nunca se muerde la mano que te da de comer’. Como perros.

Esclavos. Nos quieren esclavos. Peleando entre nosotros por un mendrugo. Balbuceando peros, porque ni siquiera hemos aprendido – o ya hemos olvidado - cómo armar una buena oración. Haciéndole trampas al de al lado, para sentirnos diferentes. Repitiendo consignas estúpidas. Aplaudiendo a mediocres de piel estirada y rasgos de careta.

Óptimo si ignoramos nuestros derechos, pero no tan malo si renunciamos a ellos. ¿Qué es esa quimera de que todos somos iguales? Ante algún dios puede ser, ante la muerte, pero ante la ley… ¿qué ley? Si la mayoría ni siquiera conoce la maraña de leyes tejidas en lenguaje difícil para hacerla inaccesible. ¿Y Ud. ignora la ley? ¿qué tipo de ciudadano es?

En los interminables ciclos de los procesos sociales, esta vez nos toca ir cuesta abajo. Bien abajo, hacia el núcleo mismo de nuestra tierra, hociquear, pozear, cavar nuestra propia fosa. Embarrarnos y vernos así luego, a la luz del sol, cubiertos de mierda. Capas de mierda que alternativamente fueron dejando los bienintencionados, los dañinos y los inconscientes.

Pero, eso sí, siempre enfrentados. Pocos factores son tan redituables como sostener al cuerpo social dividido, convencido de que eso que los distancia es real y vale el esfuerzo. No, si… no vayan a creer, ¡la dominación es un arte! Y una ciencia también, una ciencia puesta al servicio de la legitimación permanente de las problemáticas que prioriza el poder.

Nos quieren obedientes, para que la dominación sea posible y se perpetúe. Nos quieren sumisos, sin criterio propio, sin autonomía, integrados, pagando el precio que hay que pagar para ser aceptado como uno más del montón, de la ‘masa’.

Nos quieren presos de una cultura que sólo reproduzca y que cuando genera algo nuevo, eso pueda ser rápidamente deglutido por el ‘sistema’. Nos quieren dentro de termos, sin nada alrededor que nos conmueva en lo íntimo, nada que no pueda resolverse con un ‘me gusta’ en las redes sociales.

Sin fuerza física – o con la mínima posible, casi ejemplar -, sin coacción. El mundo simbólico pesa más que el real así que el poder se sostiene en una paradójica sutileza brutal, se ejerce de adentro hacia afuera. Opiniones, creencias, acciones. Todo viene de ahí. Lo peor es que nos creemos libres. ¡Hasta creemos que elegimos! como decían los de Frankfurt.

Pero ¿quién ‘nos' quiere? ¿Hasta dónde somos ajenos a esto que nos pasa? ¿Por qué toda nuestra acción es casi siempre la reacción indignada y pasajera de lo que nos pasa? ¿qué hacemos, además de catarsis?

George Simmel llamó a esta “autocontradicción”, a principios del siglo XX, la tragedia de la cultura contemporánea. Para decirlo con todas las licencias y sintéticamente: venimos a ser quienes hemos creado el monstruo que nos fagocita. ¿Hablamos de destrucción? No, sólo del sinsentido, del absurdo. De un inmenso vacío ocupado por cosas, slogans y personajes vacuos, banales, incapaces de alguna trascendencia.

Es recién entonces cuando cobra sentido que un Trump, un Macri, un Bolsonaro ganen elecciones e incluso puedan ser reelectos, ellos o los que son como ellos que, haciendo gala del grotesco, convierten valles en desiertos. Cuando cobra sentido el profundo y letal resentimiento que envuelve a esa parte de la sociedad excluida de los beneficios del consumo. Y por lo tanto cobran sentido la violencia de todos los días; las políticas de seguridad que primero nos necesitan inseguros; la vuelta al conservadurismo más retrógrado; los reclamos de protección a cualquier costo; la cesión de derechos humanos básicos que llevó siglos de lucha consagrar; el vaciamiento de los mejores discursos; la relativización de todo.

Cobran sentido los sinsentidos, es cierto, pero eso no nos satisface. Aunque riguroso, el diagnóstico no es suficiente porque ese juego contradictorio es altamente corrosivo. Solos, ya ni siquiera somos nostálgicos, recordando incluso con alegría algún episodio pasado. No. Somos melancólicos, estamos presos de una tristeza infinita producto de una insatisfacción infinita. Nunca tan individuos, lo que nos vuelve más funcionales aún, más débiles, más proclives a aceptar otros abusos. Como decía Arendt, el totalitarismo fue posible en el repliegue y el aislamiento.

Habrá entonces que dejar de chicanearnos entre nosotros buscando o recordando quiénes hemos sido más ‘culpables’  - concepto odioso si los hay – y reconocernos responsables por acción u omisión de lo que nos pasa. Porque si hay una mentira ideológicamente recargada que nos estamos creyendo casi todos, esa es que este ‘orden de cosas’ que nos arrastra cuesta abajo es inexorable. Habrá que desbloquearnos para reconstruir vínculos desde la diversidad, desde la conciencia del otro y de uno mismo, desde y a través del diálogo interrumpido para plantearse preguntas viejas y efectivas del estilo ¿Por qué? ¿Por qué no? ¿Quién dice que esa que se quiere imponer por la fuerza de los ‘hechos’ es la verdad?

Algo tiene que haber más allá de la bronca, de la impotencia, de la aceptación cómplice. Porque esta no es la primera crisis. Y, desde un punto de vista histórico, tampoco será la última.

La Rioja, noviembre 2018






lunes, 10 de septiembre de 2018

Hoy pinta bajón


Esta mañana pintó bajón.
Veo el cielo, parcial nublado. Un aire agradable todavía se cuela por las ventanas y me digo que este invierno que ya fue bien podría despedirse con una lluvia que lave el polvo típico de agosto para ir dejando ver los nuevos brotes, dejar de toser y estornudar… y esas cosas pueriles, si quieren, de una mañana de lunes en setiembre.
Ocupada en esas naderías andaba hasta que vi la factura de la luz. Luz y agua, porque acá se cobran juntas (para que alguien pague el agua) y por mes. Y resulta que con el último tarifazo de la seguidilla, el aumento que me corresponde cobrar en la jubilación no alcanza para cubrir la factura. Y eso que como no hace ni frío ni calor, no hemos usado aires ni estufas. O sea que cuando apriete el sol y prendamos un aire, lo ideal será tal vez hacinarnos unos encima de otros en una sola habitación, con lo cual generaríamos más y más calor, quizás humedades y por lo tanto algún hongo… entre otras complicaciones.
Entonces recordé a un amigo K que, enojado por mi enojo con los K y con los M y con los P en general y con los impávidos R, los devaneos I y los siempre nostalgiosos C, me disparó hace unos meses ¿Y por qué no te vas del país?. Y resulta que el sábado a la noche otro amigo (P no K) me contaba que había decidido mandar a su hija a estudiar a Montevideo porque a raíz del paro universitario, perdió las fechas de exámenes y por lo tanto deberá dilatar un año más el cursado de su carrera. Y me dice que está muy cansado, y que por qué no irse toda la familia… y yo me doy cuenta, entre tos y tos, que también estoy cansada y una cosa trae la otra hasta que… ¿por qué no me voy del país?
El ímpetu hace agua apenas advierto que cobro en pesos y cuando los cambie, no tengo claro si seré igual o más pobre en otro lado. Capaz sería igual de pobre pero con un horizonte previsible que me sostendrá igualmente pobre por lo que llegue a vivir…
En una variante a la guerra del cerdo, pienso si no sería… qué se yo, ponele patriótico de nuestra parte – frente a los discursos M y en general el tonito neoliberal que huele a aquel tufo de los 90 – que los jubilados y pensionados argentinos optáramos por un suicidio altruista, mentando a Durkheim, cuestión de no seguir presionando el gasto social para que éste pueda ser distribuido entre las nuevas generaciones, dándoles un ingreso universal más acorde, servicios educativos y sanitarios de alta calidad a los niños, procurando vías de desarrollo para los jóvenes y todas esas buenas cosas que nos permitieran pensar un futuro diferente como pueblo ¿no? … Aparte quedaríamos joya y nos ahorraríamos percibir las miradas recelosas de los jóvenes y no tanto, hartos de ver que nos aferramos con egoísmo a una vida que los condena al ajuste!
Pero no. No, no, no, no. Porque los fondos de los jubilados se han usado con los más diversos fines y nada nos garantiza que el ahorro no vaya a engrosar las caletas de nuestros gobernantes en páramos patagónicos o se transfieran con brutal desenfado hacia las manos de unos pocos que cuando quieren verdes, jaquean al tesoro nacional en el mercado de cambios, o tengan como destino cuentas off shore en Panamá o algún otro paraíso fiscal… o terminen engrosando cuentas en Suiza… o en Uruguay, justo justo donde estaba pensando tomarme el raje… con lo cual resultaría que el masivo sacrificio geronte sería al soberano cuete, sin contar con que dejaríamos a los niños y jóvenes también sin nuestra preclara orientación y a sus madres y padres sin una opción barata de cuidado cuando los párvulos no tienen clase y ellos deben seguir laburando… si es que tienen dónde, claro.
Entonces siento que las opciones dejan de ser tales y aquí sólo se trata de sobrevivir pagando los tarifazos, de movernos poco porque los pasajes y las naftas están por las nubes, de no enfermarnos, así, porque lo decretamos, de comer raíces, hacer la huerta, armar un gallinero en el patio y esperar el dulce cacareo devenido en huevo….
Sobrevivir, por cierto, porque vienen las elecciones de nuevo… Ah las elecciones! Los que están obvio que no se quieren ir porque están haciendo las cosas tan bien para ellos que cuatro años es demasiado poco; los que se fueron desesperan por volver, con síndrome de abstinencia de poder y billetes, muchos billetes; los que hace 16 años que están fuera de la porra o se equivocaron de alianzas andan mirando cuál sería la forma de convencernos de que recuperarlos es una idea brillante y los que no han probado nunca las mieles del poder nos ofrecen la posibilidad revolucionaria que abre toda crisis… Y mientras tanto cualquiera que presente, seguro por error o fiebre, alguna opción alternativa a lo conocido traga la arena de la derrota porque el sistema político sólo existe para reproducirse.
Y mientras eso pasa, está la presión para salir a la calle a defender el trabajo, la pérdida del poder adquisitivo de los ingresos, la educación pública, la salud pública, la independencia judicial, el derecho de los manteros en once, de los productores regionales, de los que se resisten a morir contaminados por el fracking o los agrotóxicos o los venenos usados para extraer minerales, contra las bases chinas, norteamericanas o de donde fuera que siguen instalando en ¿nuestro? territorio y la vaca muerta, que parece mejor negocio que toda la ganadería junta…. Con lo cual hay tantas razones para salir y ninguna para volver a entrar que una nueva opción podría ser convertirnos en homeless de profesión manifestantes callejeros. Con la ventaja, inmensa ventaja, de que ningún lunes nos levantaríamos a desayunar y una boleta de mierda nos generaría una catarata de boludeces dignas de ser puestas por escrito a circular por las redes sin destino alguno, al cuete nomás, por solo ejercer el derecho al pataleo…
Sí, hoy pinta bajón.

María Rosa Di Santo

martes, 3 de abril de 2018

MULERO se lanza a la venta!!!!!!!!!!!

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jueves, 21 de diciembre de 2017

A PROPÓSITO DE LA POSVERDAD Y LA CONSTRUCCIÓN DE RELATOS

ACERCA DE LA POSVERDAD Y LA CONSTRUCCIÓN DE LOS RELATOS
María Rosa Di Santo


Resultado de imagen
Raúl Apold - Imagen de Foro de El Nacionalista.



La construcción de relatos es vieja como el mundo. Uno podría pensar que surgió con el posmodernismo y la caída de los grandes relatos, pero es más viejo.
Vamos a lo básico.
¿Qué es la verdad?
Tradicionalmente tres cosas:
-la coincidencia entre una afirmación y los hechos;
- la realidad a la que dicha afirmación se refiere;
-la fidelidad a una idea. La conformidad de lo que se dice con lo que se piensa o siente.
Pero ¿y cómo sabemos que esa conformidad existe? ¿Se puede probar la verdad? ¿Es que uno no puede pensar o sentir diferente en un tiempo y en otro sobre el mismo tema o persona?
Las preguntas como ¿hay verdad? ¿qué es la verdad? nos llevan a la teoría del conocimiento.
Nietzche diría que la verdad es parte de una construcción no sólo de valor epistémico, sino moral.
Vamos ahora a la posverdad, sabiendo que no estamos ciertos de qué cosa es la verdad en el siglo XXI
Posverdad: mentira emotiva. Hay posverdad cuando un relato se cree verdadero por razones emotivas o por una cuestión de fe; no por los hechos objetivos que supuestamente narra.
Un bloguero, David Roberts, escribió en 2010 que la "política de la posverdad" se refiere a "una cultura política en la que la política (la opinión pública y la narrativa de los medios de comunicación) se han vuelto casi totalmente desconectadas de la política pública (la sustancia de lo que se legisla)".
El sociólogo Félix Ortega advierte que la manipulación de la información hace que el público no pueda conocer qué es verdad y qué falsedad.
Esto ocurre, según Ortega, porque:
-La comunicación política es básicamente propaganda,
-El periodismo habría perdido principios éticos y se somete a intereses particulares, no generales.
-Los políticos montan espectáculos
-La ciudadanía se ha fragmentado, lo que simplifica su manipulación.
Llevo casi 25 años investigando, entre otras cosas, la recepción. No hay evidencia de que ahora seamos más tontos que antes.
Matías Rivas decía en julio pasado que si bien en el diccionario de Oxford se consagró a la posverdad en 2016 “no significa que estemos ante un fenómeno nuevo. Desde que el periodismo existe ha tenido que lidiar precisamente con la permanente tentación de quienes lo asumen como instrumento para falsear los hechos, alterar la realidad, mentir, omitir, censurar o construir realidades a partir de premisas falsas”.
La diferencia es la cantidad increíble, la progresión geométrica, de las informaciones que recibimos sin filtro o con muchos menos filtros y de organizaciones – redes de trolls – que generan información falsa. Y ningún ciudadano prácticamente tiene tanto tiempo como para corroborar cuánto hay de verdad en lo que le llega. Ni, en muchos casos, podría o sabría hacerlo porque no es lo suyo, porque no es una capacidad que se desarrolle.

Más que hablar de la verdad, para entender la posverdad hay que volver a la diferencia que existe entre verdad y verosimilitud. Para que sean creídos los relatos construidos tienen que ser verosímiles, no necesariamente verdaderos.
Tienen que parecerle verdaderos a alguien, en general porque se dan dos cuestiones: alguien quiere creer ese relato y el relato da pistas de que podría ser verdadero, por ejemplo indicar hechos, nombres, fechas, circunstancias. Es lo que pasa cuando hay un relato de infidelidad.
Cada régimen político genera, si tiene tiempo, su propio relato. Y ese relato se va resignificando con el tiempo hasta que llega un momento que los testigos directos de lo ocurrido van muriendo y uno se queda con los documentos que escribieron (en cualquier lenguaje) como testimonio. Pensemos qué pasará en el futuro entre quienes escriban la historia de La Rioja si siguieran los testimonios de fuentes como nuestros actuales diarios locales. Y los diarios vienen siendo una de las fuentes más apreciadas por los historiadores, sobre todo si son un poco vagos o si, como también ocurre acá, no hay acceso garantizado a la información pública.
Cuando los opositores al Kirchnerismo se quejaban de su relato, leí ‘El inventor del peronismo: Raúl Apold, el cerebro oculto que cambió la política argentina” de Silvia Mercado. Leo la síntesis de la editorial Planeta: “o que más importancia le dio a la comunicación desde 1983, pero Néstor Kirchner no inventó nada. Episodios parecidos a los que se viven en el presente sucedieron entre el año 46 y el 55, cuando Perón captó a artistas y directores de cine, compró medios económicamente débiles y expropió el diario La Prensa mientras construía su relato: el mito potente del líder popular. El ideólogo y brazo ejecutor de las políticas de comunicación del peronismo original fue Raúl Apold. Kirchner supo más de él de boca de un viejo peronista que, en pleno conflicto con el campo, lo visitó para decirle que el mayor logro de Perón no habían sido las obras públicas o la política social sino el aparato de propaganda del Estado, motorizado desde la Subsecretaría de Informaciones y Prensa. Apold era el segundo hombre más poderoso y temido de la Argentina peronista hasta julio de 1955, cuando dejó el país y se esfumó de la escena pública sin pena ni gloria”.
También podríamos pensar en el relato que armó el antiperonismo, antes, durante y después de la Revolución Libertadora.
Y podríamos pensar en la madre de todos los relatos, la propia Biblia.
En cualquier caso, nada fortalece más la posverdad que las brechas ideológicas, políticas, religiosas, étnicas, culturales, en fin, que anteponen convencimientos basados en dogmas – o sea en verdades que no se discuten – por sobre conocimientos basados en argumentos, en datos.
Vale la pena leer un artículo sobre la posverdad que publicó la revista Anfibia. (http://www.revistaanfibia.com/ensayo/la-postverdad/)
Dicen allí que “Uno de los eventos más importantes para el periodismo ante la elección de Donald Trump fue la proliferación de noticias falsas en las redes. ¿Por qué? ¿Y qué significa para el futuro del periodismo a corto plazo? El especialista Pablo J. Boczkowski dice que siempre hubo noticias inventadas pero que al público le cuesta más detectar información tendenciosa proveniente de la curaduría web, y analiza la crisis cultural que afecta no solo al periodismo, sino a la ciencia, la medicina y la educación”.
En la primera mitad del siglo XX uno de los fundadores de la Escuela de Sociología de Chicago, Robert Park, dijo que las noticias falsas eran un elemento intrínseco de cualquier ecología de la información y grandes empresarios periodísticos y editores como William Randolph Hearst y Charles Foster Kane en Estados Unidos explotaron el potencial comercial de las noticias falsas.
Pero no se trata solamente de crear una noticia sobre un hecho inexistente.
Hay posverdad cuando una narración distorsiona los hechos, sea por el aspecto que privilegia o sea por lo que oculta. En la última semana se vio claramente cómo los medios principales priorizaban la lucha alrededor del Congreso Nacional, en lugar de la marcha multitudinaria que no participaba del enfrentamiento. Hay posverdad cuando el gobierno actual decide hablar de un bono resarcitorio en lugar de reconocer cuánto perderemos los jubilados a lo largo del año. Y así… Y no es monopolio de este gobierno.
Lo bueno es que la gente desconfía, pero no de todo. Desconfía de quién le dice qué cosa, pero si confía o acuerda con la persona o entidad que lo dice, es muy probable que crea su discurso. Es más, que lo haga propio. Y con las redes hoy cualquier usuario puede, además de reproducir, producir un contenido. Es común lo que pasa con fotos que no corresponden a la realidad de la que se habla y muchos las compartimos lo mismo. Porque son verosímiles. Es decir, porque podría ser posible que fueran verdaderas.
El problema es qué se hace con esto.
Si la solución es aceptar filtros que cuiden la veracidad de los relatos que nos llegan, los mismos filtros pueden acotar peligrosamente nuestro acceso a la información y direccionar nuestra atención solo a aquellos temas que quieren que veamos. Como ocurre cuando la inseguridad nos lleva a aceptar una mayor seguridad sobre nosotros mismos. Ojo con aceptar controles que podrían volverse en nuestra contra ante gobiernos autoritarios.
Acuerdo con Pablo J. Boczkowski  cuando advierte: “Celebramos la nueva infraestructura cuando ayuda a socavar las prácticas de información de gobiernos opresores y la denunciamos cuando contribuye a desinformar a los ciudadanos de estados democráticos liberales. Pero, desafortunadamente, parece poco realista tener lo uno sin lo otro, porque son las dos caras de la misma moneda”.
Como pasó respecto de la TV y los medios tradicionales, yo estoy más a favor de trabajar la recepción crítica, dándole a la propia gente algunas pistas para ubicarse en el mundo de las redes y los medios. Claro que no garantiza nada. Si uno no sabe mucho de un tema, siempre podrá ser manipulado. Y nadie puede saber mucho de todos los temas. Tampoco los periodistas.
Por otra parte, la mayoría de los usuarios desconoce las lógicas de funcionamiento de internet, aunque ya sabe algo de las lógicas de funcionamiento de los medios tradicionales y eso ha llevado a los espectadores, lectores, oyentes, a saber distinguir un relato noticioso de una opinión, de una parodia (imitación burlesca) o una sátira (crítica moral, lúdica o burlesca). También los ha llevado a discutir su autoridad. Una misma noticia en medios diferentes es denostada en un caso y aceptada en otros por un mismo receptor.
Hay una crisis de autoridad cultural del conocimiento en todos los órdenes, no sólo en la comunicación. Eso no está mal. El problema es resolver el hueco que ha dejado.


Yo gusto de las crisis que nos alejan de certezas que resultan falsas. Hay que aprender a criticar, enseñar a criticar, a argumentar, a
contraargumentar, a corroborar, a exigir información suficiente y oportuna para que efectivamente sea pública sobre los temas de interés público, a no insultar, a no tratar con desprecio al que piensa diferente, hay que ser tolerante, confiar poco. 

Armado para la mesa de debate realizada el 20/12/2017 por Cooperativa Voces y emitida por la Radio comunitaria Voces. Gracias por la invitación.

sábado, 16 de diciembre de 2017